viernes, septiembre 16, 2005

Desvelos IV

(III...) ¡Ay!, tengo un insomnio entre los labios que jamás caduca,



y yo, que soy para tus sueños
faro donde termina el mundo,
árbol del pan,
y fruto y pétalo y pistilo,
soy, cuando tú lo quieres,
o cuando tú regresas: poesía,

IV


como esta noche que, superpuesto a mí, tengo un insomnio que vuelve, que regresa, por eso, desde las once hasta la madrugada he contado las horas una detrás de otra. De su mano, y con tu compañía, con él vuelven mis más íntimos versos, los más sonoros, los menos conocidos: los que jamás he escrito.

Vuelve para recordarme cuánta ternura, cuánta dedicación. Qué urgencias, qué ansias, qué deseos de, siendo fiel al concepto, ser para ti la mejor, la única, la más amada, la que más te amase. Cómo olvidar que fui yo quien a tu lado escribió aquel poema, el más corto que jamás se haya escrito que hable del silencio: Tú. Pero cómo, cómo olvidar que mutilé en mis labios mi propio endecasílabo: Si yo fuera semilla, y tú el viento.

Y, sin embargo... ¡Ay!, cuánto amor. Cuánto amor había -teníamos- por la simplicidad que engendra las ideas. Por lo concreto. Cuánta profundidad, decías. Cuánta traición -pensaba yo- al sentimiento. Negamos. Nos negamos. Vivíamos negando. Y entre los almendros siempre florecidos que ponían la palidez precisa al paisaje, vigilantes, traducíamos a versos nuestros gestos, nuestros significados.

Decíamos amar la poesía. Decíamos amar el estricto hecho de escribir, y la pureza -tan sólo la pureza- de este sublime arte.

Todo ¿recuerdas?, todo nos delataba, pero a pesar de ello, negábamos amarnos.

- Hemos envejecido, me has dicho, y ya ves: nada ha cambiado.
- Hemos envejecido -te he dicho sabiéndome de nuevo poema de tus ojos- y eso, has de reconocer, amigo mío, que no es poco; y allí, en tus ojos, y en estos pensamientos, cuánta ternura, cuánta melancolía; quizá -sonreí-, sea éste el salario que nos debe la noche por tantas horas como pasamos contemplándola.

(¿Quién pudo colocar, aún me pregunto, tanta nieve sobre un volcán?)

Pero rescato tu risa, tu mirada, y con ella vuelve la poesía, vuelve mi poesía; vuelve la lírica que, entre en mis manos, al son de un octosílabo, como si hubiera sido sorprendido en falta, parece que se duerme.

Tengo un insomnio que vuelve, que regresa. Vuelve desde lo más antiguo, devorado por nuestra ausencia de días, de meses o de años. Vuelve, reverdeciendo, entre conversaciones rotas -leíamos, decíamos no amarnos-, y de la mano del poema más corto que jamás se haya escrito que hable del silencio: Tú.

Vuelve mutilado; busca, como poema que es, desesperadamente, el endecasílabo que -ahora lo sé, lo sé, amor, estoy segura- no escribiré nunca: ¡Si yo fuera semilla, y tú el viento!


indah

2 Comments:

Blogger UMA said...

Màs y màs aplausos!
Que me quedo muda pero te digo que paso por acà y me kedò:
"(¿Quién pudo colocar, aún me pregunto, tanta nieve sobre un volcán?)"
Fuerte, muy fuerte, y ese hablar en pasado me cala el alma.
Besazo, guajina, un "placerazo", ya no placer, leerte.

1:17 a. m.

 
Blogger indah said...

Gracias, uma :)

10:46 p. m.

 

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