jueves, noviembre 01, 2007

-Sonó el primero-

-¡Las corbatas de Unquera son exquisitas! ¡Las mejores del mundo! -decía mi hermana, que estaba en la edad de decir cursiladas. Yo miraba de reojo el ridículo suéter que se había puesto, y trataba de no reírme. Para conseguirlo, y aunque ya había terminado, recordaba el viaje en tren: había sido una pesadilla. Siempre eran una pesadilla. Mucho antes de llegar, ya estaba harta.

-¿Cuándo llegamos? -preguntaba enfurruñada.

La señora de enfrente, el señor, la chica, el revisor, y hasta mi hermana, respondían lo mismo:

-Pronto, bonita. Antes de que te des cuenta, hemos llegado.

Y yo quería darme cuenta, pero al parecer no me esforzaba lo suficiente.

Era la primera vez que viajábamos solas y mi padre había explicado al revisor y a todo el que quiso oírle, y a quien no, también, que debido a problemas de última hora no podían acompañarnos, de modo que nos encomendó a todos ellos. Tardé en saber que aquellos problemas de última hora iban a pasarse varios meses berreando, y otros tantos destrozando mis juguetes. Yo, lo único que quería era llegar y dejar de ver (como los pies no me llegaban al suelo, mis piernas se balanceaban con el movimiento del vagón) los horrendos zapatos que me habían obligado a ponerme. Mi hermana, harta de escuchar mis quejas -o eso dijo- me cambió por un muchacho más feo que Picio, aunque he de decir en su favor que era el único que tenía a mano; viajaba en el compartimiento justo a la derecha del nuestro.

-Las corbatas de Unquera -repetía yo, ya en tierra, y bajito, imitándola- ¡son exquisitas, exquisitas, exquisitas! (En aquel momento ensayaba para ser la mejor actriz dramática de la historia). ¿Cuánto mundo conocía? Aunque, en realidad, me daba igual: el viaje había acabado y por fin, por fin, habíamos llegado!

Mi abuelo nos miraba; mi abuela nos estrujaba, alababa el crecimiento (como si fuera per se) de mi hermana, y del mío -igual que si yo no estuviera delante, o estándolo fuera sorda como una tapia-, decía que de los tres meses que íbamos a pasar con ellos le sobraban dos para conseguir que nadie me reconociera cuando regresáramos a casa (la verdad es que sus palabras me preocuparon tanto, que no hubo noche, ni mañana, que no me mirase atentamente al espejo para comprobar si seguía pareciéndome a mí), pero como mi madre me había dicho, muy en serio, que de mi buen comportamiento dependían varias cosas, callaba, asentía, e intentaba comerme la corbata. Aún quedaban por lo menos dos horas de viaje para poder decir: ¡estoy en mi tierra, en Asturias!; dos horas en un autobús que, hoy, cuando pienso en él, me recuerda a los que he visto dibujados en tiras cómicas.

No es que aquel verano me portara peor de lo que solía hacerlo, no; quizá los planetas se habían conjurado contra mí, porque, aunque no voy a negar que algo cooperé, fueron tres meses en los que me ocurrió de todo (pero eso lo dejo para otro momento).

De la semana, el mejor día por una parte, y el peor día por otra, era cuando llegaba el quincallero. A mí se me aceleraba el corazón en el mismo instante en que, despacio, muy despacio, abría la tapa de su maleta negra dejando a la vista una inmensa colección de medallitas. Igual no estaba bien, pero lo único que se me ocurría en aquellos momentos era rezar -con toda la fe de la que era capaz- para que mi abuela las tuviera repes o, en caso contrario, para que no se encaprichara de ninguna: comprarla significaba añadir otra oración al final del rezo del Santo Rosario de cada noche. Sólo era peor si se le ocurría comprar dos.

Quizá, en el cielo hay un santo que llegó a serlo porque su abuela se eternizaba rezando miles de oraciones a miles de advocaciones de Nuestra Señora, y el pobrín, aprendiendo del Santo Job, se ganó sentarse a la derecha de Dios; claro que él no pensaría lo mismo que yo, ni su padre se hartaría de reír como el mío cuando le decía que, a mí, aquello de que hubiera personas sentadas a la derecha de Dios me parecía una faena porque todos se pondrían delante y no conseguiría verlo: «no te preocupes -respondía- yo te auparé»; y luego, como ya he dicho, se hartaba de reír.

Aquella noche fue la primera de mi vida en que pensé en el santo, y es que, de alguna manera me sentí identificada con él cuando a mi «condicional»: Señor, si consigues que a la abuela no le guste ninguna medalla, prometo de verdad, de verdad, de verdad, que no volveré a pelearme con los guajes, ni volveré a escupir; y prometo (y lo recalcaba mucho), que buscaré piedras más pequeñas para el tirachinas; y prometo (y lo recalcaba mucho) que no le diré a la cursi de remate -ésa que estará a tu derecha porque es perfecta- que es lo más tonto que conozco aunque sea cierto, y por toda respuesta obtuve un silencio absoluto por Su parte. Ignoré, desde luego, que el Señor no me hacía ningún caso porque conociéndome bien, como me conocía, estaba seguro de que a la hora de elegir entre una piedra pequeña y otra grande, no tardaría en decidirme por la intermedia.

Estaba yo en mis tratos con Dios, como iba diciendo, además de entretenida con los reflejos que una bombilla arrancaba a la tapadera de bronce que cubría un escondite, estratégicamente situado a la derecha de los fogones donde siempre podías encontrar agua caliente (más que entretenida, estaba convencida de que si me fijaba mucho, milagrosamente desde luego, un halo dorado como el que rodeaba la cabeza de la imagen de Santa Margarita rodearía la mía), cuando se fue la luz.

Momentáneamente pensé que Dios se lo había tomado por la tremenda -lo que yo pedía tampoco era como para dejarnos a todos a oscuras-, claro que luego comprendí que no habría estado bien que sólo hubiera dejado a oscuras a mi abuela, pero eso es lo de menos, lo de más: que nos habíamos quedado sin luz.

Mi abuela era una mujer de recursos, no solo había velas de sobra, sino que aprovechó la situación para iluminar la imagen chiquita de La Milagrosa que en su ir y venir por las casas del pueblo permanecería dos semanas en la de los abuelos. Como las desgracias nunca vienen solas, segundos después de que las bombillas hicieran ploff, se levantó un temporal de viento que confirmó lo dicho por los mayores: el apagón duraría el tiempo que tardaran en encontrar el poste al que le faltara algún cable; con suerte -mucha suerte- dos o tres horas. Así que, la abuela, ayudada por Ina, sirvió caldo caliente; después unas chucherías para nosotras, y licor de nuez para mi abuelo y para el quincallero que charlaban animadamente. Yo, a la luz de una de las velas que iluminaban a La Milagrosa, intentaba fisgar en la maleta -que seguía abierta-, calculando cuál de las medallitas iba a ser la que se quedara con nosotros, es decir, que no estaba atenta a lo que sucedía. Quizá por ello pegué un respingo tremendo cuando escuche.

-¡Ahhhhhhhhhh!

Mi abuelo, mi abuela, Ina -no he hablado de ella porque en esta historia tiene poco que decir, pero es una de las personas a quien más quiero- y mi hermana, se quedaron sorprendidos y mudos. Yo, muda también, miraba al quincallero más asustada por su expresión que por su grito.

-Ahí, ahí, ahí... -repetía como si fuera un reloj de cuco dando las doce.
-¿Qué -preguntó mi abuelo-, ¿qué ocurre?
-Ahí, ahí, ahí...
-Bien, ¿ahí qué? ¿Qué?
-¿Es que nadie las ve?

Todos, al unísono, miramos en la dirección hacia la que señalaba, y en el momento en que, nítidos, claros y concisos oímos tres pom pom pom que provenían de la zona de la puerta principal, un soplo llegado desde la ventana apagó la vela que mi abuela había colocado sobre la mesa.

Intenté recordar la última vez que había sentido tanto miedo; no fue difícil, así que me preparé para ver subir y bajar -de nuevo- las escaleras que conducían a la primera planta, al gallo sin cabeza que se resistía a que lo desplumaran y metieran en la cazuela.

Demudado, el quincallero acabó de un trago el licor de nuez, se sirvió otro vaso sin pedirle permiso a nadie, se lo bebió, y volvió a señalar un rincón, medio iluminado por las velas de La Milagrosa situado entre el pasillo que conducía a la entrada y un enorme distribuidor que llevaba a distintos sitios de la casa.

-He visto unas manos ahí. ¡Unas manos que salían de la pared!

Mientras que él balbuceaba y emitía extraños sonidos, similares, imagino, a los de cualquiera que hubiese visto una manos saliendo de la pared, y todos mirabamos atentamente hacia el lugar que señalaba; volvimos a oír: pom pom pom.

De reojo, vi como mi abuelo se dirigía al armero y cogía una escopeta, y después, del primer cajón, una caja. Oí el crach y luego el chop chop de meter los dos cartuchos, y de nuevo el crach que hizo cuando la cerró. Mientras, mi hermana, única para darme valor, me preguntaba:

-¿Rezaste anoche la oración a las ánimas del purgatorio?

Yo no me acordaba, pero curándome en salud, y por si alguien me culpaba de lo que estaba ocurriendo, respondí un no muy largo, y cada vez más bajito.

-Pues ya estas viendo lo que ocurre por no hacer lo que debes.
-¿Viendo? ¿Qué estoy viendo? No veo nada, eso es lo que veo: ¡n a d a!
-No mientas, empeorarás las cosas -me respondió con tono de aviso-. Es un ánima del purgatorio, ésa por la que tú no quisiste rezar que ahora viene a pedirte cuentas.

Si llego a tener una piedra a mano, ¡palabra de honor que la descalabro!

Traté de recordar si había rezado o no había rezado. Mentalmente me repetía: «Aunque tengas más pecados que de arenas tiene el mar y de peces tiene el río, se te han de perdonar; el que esta oración dijera tres veces para acostar, sacará un ánima de pena y la suya de pecar», pero no era capaz de acordarme de cómo empezaba.

-¡Ay! ¡Imbécil! -grité al sentir su mano rozándome el cuello-. ¡Qué susto me has dado!
-Mira, mira -y señalaba el rincón-, ¿las has visto ahora?
-Nooooooooo, no he visto nadaaaa.
-Fíjate bien y veras sus manos. Sólo sus manos -recalcó-, a no ser que...
-¿A no ser qué...? –sentí que la carne se me ponía como la del gallo cuando consiguieron desplumarlo.
-A no ser que hayas hecho alguna cosa tan mala, tan mala que...

Pom pom pom pom. Yo, que temblaba de pies a cabeza y no veía nada, que no recordaba haber rezado la oración, tampoco recordaba haber hecho algo tan malo tan malo que..., pero, ¿y si lo había hecho?

Las palabras de mi abuela, que sujetaba el brazo derecho de mi abuelo: «ten cuidado, ten cuidado, no vayas a hacer una locura, y deja esa escopeta que las carga el diablo», hicieron el resto.

Estaba aterrorizada: golpes, las manos sin cuerpo de alguien que se había tenido que ir al infierno por mi culpa, y ahora, el diablo cargaba la escopeta del abuelo.

-Te lo prometo, Señor, rezaré todas, todas las noches la oración (si soy capaz de recordarla, maticé, porque las promesas, si no se está seguro de poder cumplirlas, hay que matizarlas); Te prometo que nunca más me enfadaré si la abuela compra una o todas las medallitas; Te prometo que nunca más cerraré la puerta a La Milagrosa cuando pase a su lado (no lo hago con mala intención, de verdad, es que me asusta)- murmuraba una y otra vez.

Entonces la vi. Entonces la vimos todos: la sombra de dos manos que debía de pertenecer a un cuerpo espantoso se proyectaba sobre la pared; iban y venían, iban y venían, y parecía que al abrirse y cerrarse sobre ellas mismas, me llamaban: «ven, ven niña, ven, ven, ven...»

-¿Quién anda ahí? -preguntó mi abuelo-. ¡Salga antes de que dispare!

Y lo repitió dos veces más sin obtener respuesta, a no ser que pudiera considerarse como tal que las manos se agitaran y agrandaran. Le vi levantar la escopeta y apoyarla en su hombro.

Apuntó cuarenta y cinco grados a la izquierda de la sombra. Cerré los ojos. Estaba tan asustada que me había quedado inmóvil. Sonó el primer disparo. Inmediatamente después, el segundo. Luego, silencio. Un silencio terrible.

El quincallero agarraba los faldones de la chaqueta de mi abuelo, él trataba de desasirse de sus manos.

-No vaya, no vaya. Piense en sus nietas. No vaya.

Pero mi abuelo fue. Y todos esperamos. Y todos nos quedamos helados al oírle decir:

-Mami (así llamaba a mi abuela) trae agua caliente y trapos limpios.
-¿Sangran las ánimas del purgatorio? -le pregunté a mi hermana.
-No todas, sólo aquellas por las que alguien, por ejemplo tú, no reza.

Le saqué la lengua; después de oír su respuesta estaba segura de que las ánimas del purgatorio no podían sangrar, eran sólo eso: ánimas.

Mientras Ina, sin decir una palabra ni mirar al quincallero que ya iba por el cuarto o quinto vaso de licor, le arrancaba la botella de la mano y la ponía en la repisa, mi abuela levantó aquella tapa de bronce que yo estaba mirando cuando se fue la luz, y con el cucharón llenó de agua una palangana. Pausadamente –menos mal que conocía cada rincón de la casa con los ojos cerrados- abrió el arca; oímos como rasgaba alguna sábana o lo que fuera.

-Quietas ahí. No os acerquéis.

Después, se dirigió a donde estaba mi abuelo:

-Pobre, pobre, pobre. ¡Pobrecito Natanael! ¡Qué dos boquetes te han hecho! -la oímos decir.

-¿Natanael? -Mi hermana y yo nos miramos.

Yo suspiré. No voy a decir que me alegrara de que mi abuelo le hubiese agujereado las orejas, aunque él (Natanael) no me soportaba, quizá por las circunstancias en que nos conocimos, pero entre sus orejas y las manos de las ánimas del purgatorio media un abismo; y si no, que se lo pregunten a Lázaro.

Y así fue como el primer burro de la historia a quien le asustaba el viento más que a mí los gallos sin cabeza, consiguió tener dos hermosos agujeros en sus orejotas: ya no tenía ningún problema, dijo el veterinario, para que le colocáramos dos preciosos pendientes.

Desde entonces, y mientras Natanael vivió, cuando hacía viento, mi abuelo escucha atentamente, si oía cascabeles, se levantaba y abría la puerta.

©indah

4 Comments:

Blogger Carz said...

Uno, después de leerte parece haber estado en una aldeuca de los Picos de Europa.

Magistral, pequeña matabotes.

Un beso.

10:41 a. m.

 
Blogger indah said...

Me alegra que lo hayas leído, a pesar de su extensión. Fue un verano muy movido : ), y he necesitado escribir tres relatos, largos, para que nunca jamás, ocurra lo que ocurra, se me olvide. Conservo el recuerdo de aquel verano como lo más hermoso y puro que he vivido nunca; y el de aquella niña también, pese a que es ella quien más duramente me juzga.

Gracias.

indah

12:32 a. m.

 
Blogger Carz said...

Y cuando te deje de juzgar, se habrá perdido toda una especie, pero podrás contar con mi abrazo porque, aunque no hubieras estado -siempre- cuando te he necesitado, sé que hubieras hecho lo imposible por estar.

Y, aunque en tres años no he conseguido que me envíes un beso, no me hiere demasiado: no sé que es lo que aún te define:: nobleza o terquedad.

Otro beso, por pura terquedad.

4:16 a. m.

 
Blogger indah said...

Me gustaría decir que nobleza, pero, me parece que es más probable que la nobleza se comporte, en ocasiones límite, como la plata (por aquello de metal noble y de que es bastante endeble : ), más probable decía, a que la terquedad deje de comportarse como el pedernal. Así que, seguro que terquedad. No lo dudes.

No debería herirte, vivimos en el siglo veintiuno, y los besos ya no significan nada: "los valoramos tan poco que deberíamos escribirlos con uve".

Y sí, la frase es mía : )

indah

12:17 a. m.

 

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