viernes, octubre 19, 2007

Es un cuento (El cuento de las flores chiquitas)



A maoke.




Cuando Dios terminó de crear el mundo y ya se disponía a descansar, se dio cuenta de que el ángel más pequeño que había en el cielo, que andaba trasteando por allí, se había entretenido en trenzar guirnaldas con las flores chiquitas en lugar de, como Él lo había dicho, colocarlas con las otras, y que éstas, como no habían podido estar en el sitio oportuno, en el momento en que había concedido los suyos a todas las demás, tenían colores y aromas imposibles.

-Hmm -se dijo-. ¡Pues algo habré de hacer! Y se puso a pensar.

Fue entonces cuando se sacó de la manga -si se puede decir así-, un acantilado que como no estaba, y de repente estuvo, es especial, muy especial y mágico. Su altura era más que considerable. En realidad era, y es, el acantilado más alto de todos los creados. Lógico ya que tenía que ser visto desde cualquier parte y desde todas las direcciones; y que fuera de esta manera era muy, muy importante.

El ángel le veía hacer, y se preguntaba cómo conseguiría Dios que las flores chiquitas tuvieran aroma y color, pues a él le parecía que había gastado todos los pigmentos y todas las esencias en las otras. Pero Dios es muy sabio, y de todo despiste, incluso del que tuvo el ángel chiquito, sabe sacar partido. Así que contó uno a uno a los hombres, y después, aunque eran muchas, contó las flores; lo hizo, sí, porque quería asegurarse de que, al final, no le faltara ninguna. Y mientras contaba, miró de reojo al ángel que le contemplaba muy atento con sus manitas a la espalda, y se sonrió al ver que aún, entre ellas, había una flor que asomándose como podía, ponía todo su empeño en escapar para no quedarse sin lo que le correspondía.

La verdad es que intentó ponerse serio, y la verdad es que le costó trabajo, pero al final lo consiguió.

-maoke -le dijo Dios al ángel.
-¿Sí? -respondió éste.
-Verás, es que echo de menos a una de mis florecillas; no la habrás visto tú, ¿verdad?

El ángel se preguntaba cómo demontres se había dado cuenta Dios de que él tenía la flor que, pensó, creía haber escondido muy bien, pero se calló; no dijo ni pío.

-¡Vaya! -dijo Dios, que lógicamente no puede decir como nosotros: ¡vaya por Dios!- Pues no sabes el problema que tenemos. Hay una niña, que casualmente se llama como tú, que se va a quedar sin su flor.

El ángel movió sus alitas, miró al fondo del paraíso y finalmente con los ojos bajos y un poquín arrepentido de su trastada -aunque no demasiado y es que le gustaba muchísimo aquella flor y quería quedársela porque era la más bonita de todas-, aprovechó que Dios había vuelto Su mirada hacia la tierra, y despacito, casi de puntillas, se acercó al montón para dejar junto a las otras, la que se había guardado.

-Señor -le dijo a Dios-, ¿Tú estás seguro de que falta una?, ¿no habrás contando mal?

Dios se rió tanto, y durante tanto rato, que su risa hizo caer unos cuantos metros de las paredes del acantilado; por eso ahora hay una preciosa playa, justo, justo, debajo.

-Pues me parece que sí, pero, por si acaso, las volveré a contar -respondió cuando pudo dejar de reír.

(Y se puso a hacer como si las contara de nuevo).

-¡Vaya!, pues tenías razón: están todas, así que ya puedo empezar a darles sus colores y aromas.

Cuando Dios dio por terminada la tarea, el ángel pensó que aún era mucho más sabio de lo que él había creído; y es que, para concederle a cada una de las flores su correspondiente aroma y color, Dios no había utilizado pigmentos ni aromas, ¡ni mucho menos! Dios había cogido un poquito, solo un poquito, que era más que suficiente, de todo aquello que los hombres guardamos dentro de nuestros corazones como el mayor tesoro. Por esta razón, el Hombre, nunca estará totalmente abandonado a su suerte, salvo que desoiga las voces que, en el momento oportuno, le llegarán desde el acantilado más alto y mágico de los que existen.

Y ya, después de hacer su última tarea, Dios -y el ángel- pudieron tomarse un buen rato de descanso.


Hay un acantilado,
una playa, un abismo,
en el que nacen flores
chiquitas, muy chiquitas,
de mágicos colores
y aromas imposibles.

Te esperan,
siempre te esperan.
Tranquilas, incansables,
te esperan.

Y es que, como son sabias:
-saben leer los labios
saben leer las ojos-
presienten, o intuyen, ese instante
en el que el capitán
rememora otros vientos, otros soles,
otras lunas y estrellas,
que ha conocido bien,
y sonríe, y oye que le llaman,

y,
sin poder evitarlo,
ordena que icen la mayor
que enderecen el foque,
larguen velas,
y que se vire el rumbo.

Y ellas, que todo se lo saben:
atisban, se engalanan,
y avivan sus colores,
porque conocen bien
ese momento exacto
en el que el navegante
se ha de dejar ir y llevar y traer
por la intensa marea
de espumas y de olas
de la mar más antigua
que todos conocemos: la nostalgia.


indah


(Revisado)

1 Comments:

Anonymous maoke said...

hoy releo este cuento de nuevo, lo he hecho tantas veces... hoy que ya te fuiste, y que estarás llevando tus versos por el aire, hoy me sabe a natillas, como entonces, bsss

11:24 p. m.

 

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