martes, abril 04, 2006

Cuento para Ana.


Para Ana.
(Jo, sin corregir. Bueno, un par de comas. Puff... :)





El señor búho movió su pata con impaciencia; por enésima vez trató de asegurar sus gafas tan redondas como sus ojos, por milésima vez carraspeó, y por millonésima vez intentó poner orden en aquel guirigay. Estaba de mal humor sí. Él acostumbraba a dormir durante el día, pero desde antes de que amaneciera, y por más de una hora, había estado escuchando en la más completa quietud a la extraña criatura que le había impedido descansar como era su costumbre.

- Señora hada, señora hada...

... varias decenas de veces había oído aquella voz llamando, y llamando. Así que, finalmente, echó mano de su antigua sabiduría y después de afinarse varias veces la garganta, dijo:

- ¿Se puede saber por qué gritas de esa forma desaforada? ¿Para qué necesitas un hada?

Se había sonreído socarronamente al imaginar el respingo que su pregunta iba a producirle a la niñita, pero casi estuvo a punto de sufrirlo él al ver la tranquilidad con la que ella se lo tomó. ¿Tranquilidad?, pensó. ¡Ja!, mucho más que con tranquilidad, aquella criatura levantó la cabeza y más ancha que pancha le contestó:

- ¿Se puede saber por qué te interesa?
- No me dejas dormir. Estás alborotando de tal forma que no me dejas dormir, por eso, por eso me interesa. Por eso y porque me pareces una niña tonta que no sabe nada.
- ¿Yo?, ¿tonta yo? ¡Tú si que eres tonto!, ¡fíjate si eres tonto que ni siquiera sabes lo que sabe todo el mundo: eres un búho, y los búhos no hablan!

Encocoró sus plumas, apelo a su paciencia milenaria e hizo esfuerzos para no reírse. El desparpajo de aquella hija de humanos le empezaba a hacer gracia.

- Pues tú, incauta criatura, al parecer desconoces que las hadas no existen.
- ¡Anda ya!, -le respondió la niña- ¡qué sabrás tú!

Y la muy mal educada se dio la vuelta, y después de decir: ¡¡cachis en los mengues!!, empezó a gritar aún más fuerte:

-¡Señora hada, señora hada..!
-Cállate ya; te he dicho que no existen las hadas. Además de estar pésimamente educada, estás sorda-. Volvió a repetir el señor búho. Y esta vez si que la niña lo desarmó definitivamente. No soportaba a los humanos, pero aún menos soportaba los jipidos, moqueos y sorbetones que durante más tiempo que cualquier búho, por paciente que fuera podría soportar, acompañaron a unos lagrimones que rodaban por la carita tan compungida como sucia de la niña.

- Ajá, lo que faltaba, vaya, ahora te vas a poner a llorar. Impertinente para contestar, pero llorona al fin y al cabo.

No hubo respuesta. Aquella terca criatura seguía llorando y moqueando.

-Bueno, está bien, está bien, está bien, si me explicas el problema te digo dónde puedes encontrar a un hada- Y levantó la voz bastante fastidiado por haber sido incapaz de resistir tanto llanto.
- ¿De verdad?, ¿me lo vas a decir de verdad? - respondió ella con la voz entrecortada -y es que ... estaba aún en medio de otro sorbetón.
- Lo prometo. -Y el señor búho levantando su ala derecha.

Cuando la niña terminó de contarle lo que ocurría, , volvió a pensar en que era cierto que en aquel bosque no vivía ningún hada, y en, a ver de qué modo podía complacer el deseo de la niña que con tanto ahínco se lo había pedido -y hasta le había emocionado con la historia que le había contado-. Así, después de varios paseos rama adelante, rama atrás, se decidió a reunir a todos los animales del bosque. Y estuvieron reunidos varias horas (entre otros motivos porque muchos eran partidarios de que la nena se las arreglara como pudiera, o bien de que se fastidiara). Por fin, pasadas las seis de la tarde, hora en la que normalmente empezaba a despabilarse, logró convencerles de que ayudarle sería la única forma de que dejara de alborotar. Durante las siguientes horas una frenética actividad se registró en el bosque, y entre el ir de unos y el venir de otros, pasó una hora más. Finalmente, en la explanada más grande que había, la única capaz de albergarlos a todos, se reunieron las diferentes familias que lo habitaban. En el medio estaba aquella criatura responsable de su cansancio: hasta el señor león, la señora leona y sus hijos estaban agotados. ¡Y motivos tenía para estarlo! No había sido fácil lograr que las diferentes aves que habitaban en las inmediaciones aceptaran el riesgo de convencer a Lucrecia, el águila que vivía en la más alta de las montañas, poseedora de un voraz apetito y del peor genio que uno pudiera imaginarse; y aún menos, convencerla a ella. Lo único que en principio lograron fue que se diera unas cuantas vueltas -casi rozando el cielo-, al tiempo que, sus ojos que alcanzaban a ver distancias casi inimaginables, observaban a la pequeña; y es que era desconfiada por naturaleza. Nadie supó el motivo, pero, milagrosamente, accedió a los deseos que le habían sido comunicados de parte del señor búho.

Al día siguiente, las primeras páginas de todos los periódicos -locales y nacionales-, se hicieron eco de un extraño suceso que había acaecido la noche anterior: sobre el cielo de uno de los más hermosos lugares que existen en el mundo, se había desarrollado un sorprendente espectáculo: durante varios minutos, un ejercito de aves capitaneadas por un águila majestuosa que hizo los más increíbles giros, vuelos rasantes y tirabuzones que nadie hubiera visto jamás, crearon hermosas figuras en el cielo. Hasta los rayos del sol, que ya se había puesto -pero que se asomó a ver qué ocurría-, les acompañaron imprimiendo tales reflejos a los brillantes colores de sus alas, que cuando descendían en picado parecía que una lluvia de estrellas de colores caían sobre una determinada casa de aquella isla. Y hasta hubo quien dijo que las figuras tenían forma de letras, y hasta hubo quien juro que había visto escrito: te queremos, Maresia. También hubo quien dijo que aquellos que lo contaban estaban locos de remate, pero eso fue porque ellos no sabían que en aquella isla de cielos claro y agua transparente, que en aquella isla rodeada de mares y olas azules, era sencillo, muy sencillo y muy fácil llegar al corazón de quien siempre lo ponía en sus palabras; y le ponía a su besos: colores y rumores de caracolas.


indah

2 Comments:

Blogger Thalasos said...

Cuentamelo otra vez. Pero de viva voz.
En serio.
Un micro, una cuenta en postcast, bueno en castpost.com y vas y lo narras
Bsos
Bonito

10:18 p. m.

 
Blogger indah said...

:)) Jo, me has emocionado. Pero es demasiado largo. Madre mía, si un poema son más de 4 o 5 megas, imagínate... Además, y sin que sea lo peor -sólo una lata-, la kk de la SB no funciona en esta partición. Pena, sí, porque luego tendrías que contarme uno tú a mí. ¡Socorro, ése noo... Uísssssssssss, casi, menosmal que me he detenido: he estado a punto de preguntarte si querías que te contara el cuento de la buena pipa :))) y ya sabes que ése no se acaba nunca (salvo que te sepas la palabrilla mágica...)

9:52 p. m.

 

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