lunes, julio 25, 2005

Trede espadas


Se extendía por toda la sala un silencio que llegaba a palparse; el mago se concentraba en el truco que estaba realizando, seguro de sí mismo, sabiendo lo que se hacía y plenamente consciente de la impresión que se iba a producir en su publico. Era un profesional reconocido por todos, envidiado por muchos, famoso. No había sido fácil alcanzar el éxito; la incansable búsqueda de efectos físicos y visuales había supuesto penalidades, años de estudio y también muchos fracasos. Como mentalista se sumergió en los misterios del alma hasta el punto de bordear la raya que divide la cordura de la locura; como mago jugó con la existencia de personas y objetos hasta pisar la frontera que existe entre la ilusión y la magia. Tranquilo, con movimiento pausados, arriesgándose hasta rozar con la punta de los dedos lo imposible, iba introduciendo espadas -hasta trece- en la caja que desde hacía años tenía las paredes de cristal. Dentro de ella, echada sobre el fondo, permanecía su ayudante. Un acero tras otro avanzaban directos hacia su cuerpo amenazando con clavarse en él, mientras que la joven, sin perder la sonrisa aún cuando todos quedaban a escasos milímetros de su piel, con movimientos felinos se esforzaba en sortearlos.


El público, sobrecogido, aguantaba la respiración y admiraba la sangre fría del mago y la serenidad de su ayudante. Entregado, aceptaba como posible lo que parecía absurdo; absurdo e increíble: las hojas, de puntas afiladísimas de las espadas, desafiando la gravedad, quedaban flotaban en el interior de la caja cual flechas que señalaban como intangible, o intocable, el precario espacio que ocupaba el cuerpo de la mujer, y sus empuñaduras, sin el más mínimo temblor, se sostenían apoyados en quién sabe qué fuerzas desconocidas, o bien insultantemente verticales al suelo.

Un atronador aplauso puso fin a la función. La oscuridad y un silencio que nada tenía que ver con el que el teatro había soportado mientras se desarrollaba el espectáculo, se hicieron dueños del patio de butacas; de los palcos; de la platea. El recinto entero se sumió en la más completa calma, mientras que dentro del camerino, el mago guardaba cuidadosamente en su estuche las trece espadas, los pañuelos, la chistera; de cuando en cuando pasaba sus dedos por la suave piel de dos conejos blancos y las plumas de dos palomas al tiempo que les murmuraba su agradecimiento. Frente a él, en una quietud absoluta permanecía su ayudante.

- Te odio.- Le dijo.
- Y yo a ti. Mientras yo envejezco tú continuas igual de joven y bella que hace diez años.
- Jamás me acaricias como a ellos, pero me utilizas de la misma forma.
- Sin duda.- Él sonreía sin inmutarse.
- Desearía morir.- Murmuró para sí misma.
- Ya estas muerta.- Respondió con un gesto de dolor el mago.- ¿Lo has olvidado? Te enamoraste de mí, y los sentimientos están prohibidos cuando se juega con las fuerzas que dominan el mundo. Me miraste, tembló mi mano al comprender lo que sentías. Hace muchos meses que una de mis espadas te traspasó el corazón.
- ¡No estoy muerta! - gritó la joven sobresaltada por un escalofrío, al tiempo que corría hacia el espejo.

Sin conseguirlo, un grito de horror intentaba escapar de su garganta. El espejo le devolvía una realidad que únicamente es visible a los ojos de quien se mira en la mágica superficie de algunos espejos que existen en el camerino de un mago. Bajo una capa de cristal transparente que recorría su cuerpo, y en la que se podían contemplar trece perfectas ranuras, se trasparentaba su esqueleto.

indah

3 Comments:

Blogger Joshua Naraim said...

Escalofriante relato.

“…los sentimientos están prohibidos cuando se juegan con las fuerzas que dominan el mundo…”

Escondida en la niebla –ya sé que sueles cumplir todas tus promesas sin esquinas- te adivino, hablas y te escucho, prestidigitadora de la palabra escrita, e imagino como acaban todas tus partidas de cartas. Cómo te gusta que el as de copas no se peine por las mañanas y que la sota de oros te susurre al oído qué no hay reinas en la baraja española, qué si quieres ocupar su lugar. Quizá pienses que el rey de bastos es un tipo importante, aunque en el fondo tu alma sea republicana.

Si fuera una carta de tu baraja, sería esa que siempre sobra para entrar en tu partida, la que nunca coges y la que nunca cogerás, pero a la que escribirías un poema: “el trece de espadas”.

7:32 p. m.

 
Blogger wallyzz said...

Arte,pasion... compro

8:31 p. m.

 
Blogger UMA said...

Estimada Indah: me cuesta escribir tras mi desbocada ovaciòn a tu relato!Imponente,imponderable,absolutamente!(màs yo no me hubiese enamorado de un "jefe" que juega con 13 cuchillos!! jaja)Cuando emerge la Indah del oleaje impetuoso,
se me eriza la piel y tras mi felicitaciones un abrazo!

12:22 a. m.

 

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