miércoles, abril 27, 2005

Un, dos, tres.


I
Durante muchos meses, cada vez que me miraba al espejo lo hacía con la esperanza de que Alicia me mostrara sl puerta para entrar a su mundo. Hoy la he visto, me ha sonreído y me ha invitado a salir de él. He llorado por mi infancia perdida.


II

Con claridad tan clara como la luz del día sé de mi inconsciencia cuando
mi sombra, como cada tarde, huye para encontrarse con su sombra
y yo sonrío y me despido de ella con un confiado: «hasta mañana».


III

Y es que hay un instante en el que el sueño juega al escondite con la
muerte. Eso decía un amigo de mi abuelo. Desde entonces, como ya no
puedo hacer como si no lo supiera, antes de dormirme me adelanto,
y digo: un, dos, tres, por mi sombra por todos mis compañeros y por
mí primero. Pero a veces no sirve.


IIII
«Como olvidar que lo sabemos/ Tiempo que entreabre los párpados/
Y se deja mirar y nos mira», escribió Octavio Paz. Me hubiera gustado
conocerle y, también, decirle que lo mismo ocurre con los granos de
maíz. Bueno, pero sólo cuando te castigan a pasar toda una tarde
de verano mirándolos.

V
Había en un escaparate un libro: «Rayuela». No entendía mucho de
libros ni de escritores -tampoco ahora- pero aquel señor me cayó
muy bien: por primera vez consideré que había cosas importantes
en mi vida; entre ellas, sin duda estaban aquellos largos ratos que
pasaba saltando a la pata coja -aunque en mi tierra se llama
'cascayu'-. Quizá me confundí de rayuela, por eso, aunque admiro a
Cortázar, nunca he querido leer su cuento.

VI

Acababa casi de llegar al pueblo, con ese airecillo de capital -no había
dado tiempo a que se me quitara- y un 'conjuntito' que me costó años
perdonarle a mi madre: amarillo pollo con lunares blancos. Pero no fue
impedimento: «¡suéltalo!», le dije al guaje. «¿Qué me das a cambio?»
«¿Qué quieres?», respondí, pensando que lo que me apetecía era darle
una pedrada. Cuando aquel secuestrador de pájaros me dijo el precio,
me aseguré con firmeza que se merecería todo lo que le ocurriera, pero
acepté el trato. «¡Venga, venga, le dije, o me arrepentiré». Ah, la
avaricia, no sólo rompe el saco, sino que abre las manos. El pajarillo
salió volando y yo me quedé con lo que era mío; y con mis chocolatinas;
y con mi bicicleta, y también..., con mi 'precioso conjuntito de lunares'.



VII
Desde aquel día (me he dicho muchas veces, sin encontrar más nexo
común a estas dos imágenes que los «lunares»), recorro círculos
concéntricos, hacia dentro, hacia dentro, siempre hacia dentro. Sé que
estoy a punto de llegar, a punto de estallar como un milagro, a punto
de encontrar la palabra que busco: la precisa, la exacta, la concéntrica.


indah

2 Comments:

Blogger Joshua Naraim said...

No sin dificultad ya te tengo "enlazada". Más que lazo, puente.Una acogedora frontera que nos une y nos separa al mismo tiempo.

Como diría Valente: "Tanteas sombras, adolescente perdida en la imposible infinitud del decir. El acónito y la belladona te harán volar nocturno al lugar del encuentro. Hasta entonces nunca habías consumado la trangresión."

Sigue quejándote, sigue disfrutando, sigue creciendo.

12:16 a. m.

 
Blogger indah said...

Gracias Joshua.

Y sí, no tengo remedio: sigo quejándome, sigo disfrutando y espero seguir creciendo. Aunque -entre nosotros-, me va a ser difícil crecer por "fuera", pero haré todo lo que esté en mi mano, palabra de honor :)


indah

9:50 p. m.

 

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